Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo

Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo

   —¡Viva la libertad carajo, los vamos a hacer mierda zurdos empobrecedores! —grita el señor Javier Milei hasta casi quedarse sin voz, en uno de los tantos programas a los que es invitado. Dentro del set, bajo las incandescentes luces y las cámaras que apuntan a su rostro como ojos sin vida, es acribillado a preguntas, una más filosa que la otra, no le dan un segundo para respirar. Pero este no se deja amedrentar y, acomodándose el cabello, presta el oído para el siguiente interrogatorio.

—…Y entonces dígame —ríe el locutor bajo su negro bigote—, ¿Qué pasó con aquel corralito que había pronosticado para principios de año? Si hubo una severa inflación y crisis pero nada que ver con lo que había dicho usted en las redes.
—Claramente esto es una movida de la izquierda socialista-kirchnerista para poder perpetuarse en el poder. Ellos saben lo que se viene y le van pagando con oro extraído de las minas mapuches en Venezuela. Es así, con ORO mapuche señores. Entonces cada vez que un paladín de la libertad como yo va y denuncia a estos empobrecedores de mierda, comienzan a hacer movimientos de dinero para que mi predicción se convierta en una falsa alarma.
—Pero ¿Usted tiene pruebas de todo lo que está diciendo?
Ante la semejante y estúpida pregunta, el economista toma las riendas del caballo para no dejarse avasallar.
—Vos sos un maleducado de mierda —grita Milei, levantando la voz cada vez más—. ¿Cómo me vas a invitar a tu programa para a decirme semejante falacia?
—¿Cómo una falacia?
—¡Sí! ¡La falacia del zurdito comunista!
—¿Cómo es eso? Nadie le está faltando el respeto ni diciendo falacias.
El ambiente se siente muy pesado, la discusión acalorada pareciera estar alterando a todos en el set del canal.
—Es la falacia del zurdito comunista. Yo expongo mi argumento y vos me lo atacas de esa forma, pero como sos un zurdito comunista, cualquier cosa que digas es falsa.
La discusión continúa por unos minutos más hasta que el coordinador ordena ir a la pausa luego de que Javier Milei gritara a todo pulmón “¡No voy a pedirte disculpas por decir la verdad!”.

El programa termina, todos hacen burla del economista más famoso de Argentina y una vez más, vuelve a convertirse injustamente en un meme de internet gracias al rápido y despreciable pero voraz call-center progresista.

Son las 19:30 y ya es de noche; el invierno enciende las bellas luces de Buenos Aires desde temprano. Javier conduce su “batimóvil libertario” como a sus fans le gusta denominarlo por las calles de Buenos Aires, solo quiere llegar a casa. Su cara parece tallada en piedra, totalmente duro, inmóvil e inmutable. Hoy ha sido otro de esos días.

Al llegar a su hogar, descarga del baúl del auto una inmensa cantidad de paquetes de diversos alimentos para hacer la tradicional olla popular que viene financiando y administrando desde su juventud y en secreto, llevándoselos a su vecina, Doña Norma, luego de darle el dinero de su jubilación que mes tras mes Javier se encarga de cobrar para que no salga en la cuarentena, pues le preocupa la salud de todos y cada uno de sus vecinos. Al entrar a su casa, enciende las luces e instantáneamente, como poseído por un anónimo pero al mismo tiempo conocido espíritu, se acerca a un gran cuadro que cuelga sobre su pared. Al tocar el cristal que protege el retrato en blanco y negro de su héroe Karl Marx con las yemas amarillentas de aquellos dedos nerviosos, no puede evitar dejar caer unas cuantas lágrimas.
¡Cuánto dolor y sufrimiento por el movimiento y la verdad! “Pero el bien mayor hace que todo valga la pena”, se repite para sí mientras que sirve un poco de vodka en una taza de color carmesí con una hoz y un martillo cruzado en dorado. Al sentarse en el sillón y darle un par de tragos sin respirar a la blanca bebida, ya se siente más tranquilo. Prolijamente se despega la peluca y la deja sobre la mesita ratona al lado de unos cuantos libros releídos incalculables veces por él: “El Capital” y “La unidad latinoamericana”.

Abrumado por el peso de la tarea que carga, deja caer su rostro sobre las manos y llora. No puede más, no quiere ser más el hazmerreír del país, no quiere ir más a ningún programa a hablar idioteces escritas previamente en un guion para desprestigiar bajo un discurso irónico a todo el movimiento liberal y anarcocapitalista que atenta contra el movimiento comunista que tanto ama. Debe proteger aquel fantasma que recorre América Latina.

“Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo”, dice mientras twittea un video de él donde dice que destruye feministas con datos y lógica.

“Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo”, se repite mientras mira las próximas fechas del cobro del IFE, a ver si puede sacar algo para unos fideos y un poco de dulce de batata.

“Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo”. Y con estas palabras, el camarada Javier “Lalek” Milei se retira a dormir; otro día de batalla anticapitalista interna le espera más allá del amanecer.

-: Fin :-  

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